„‚Me gustas más que ningún libro‘. Pardo Bazán y Galdós, correspondencia de una mujer libre.“ de Isabel Parreño Pena

En este artículo se explorará la relación personal entre Pardo Bazán y Galdós a través de la correspondencia entre ambos escritores; cartas que revelan a una mujer profundamente moderna que no dudó en cuestionar las normas establecidas en su época.

Los epistolarios entre escritores constituyen una fuente inestimable de información para ahondar en las relaciones entre su vida y su obra, a pesar de que debamos tener en cuenta el mayor o menor grado de artificiosidad que pueden contener sus palabras. En muchas ocasiones emisor y receptor son conscientes de que escriben para la posteridad o, en cualquier caso, de que están construyendo una imagen de sí mismos frente al interlocutor. El encanto de las cartas que Pardo Bazán escribió a Galdós radica precisamente en la absoluta libertad con la que se expresa la escritora. Libertad amparada en el secreto y la discreción que ambos novelistas mantuvieron respecto a su relación amorosa. Conocer esta expresión íntima, intensa e independiente, contribuye a romper los estereotipos que se han creado sobre la coruñesa, desde el punto de vista literario, pero también humano.

Las cartas,[1] que abarcan un periodo de más de treinta años, aportan una visión amplia y lo más fiel posible de la relación entre ambos escritores, pero constituyen también una fuente directa para acercarse al contexto cultural en el que se movían. En ellas se tratan desde los asuntos más personales o íntimos hasta los más cotidianos; se vuelcan opiniones y críticas sobre las novelas que escribían o se desgranan las polémicas en las que Pardo Bazán se vio envuelta en numerosas ocasiones, como la de la Real Academia. Es decir, las cartas nos sitúan a Pardo Bazán —y a Galdós en menor medida— dentro de su tiempo.

[2] Pardo Bazán, E. (2020). Miquiño mío. Cartas a Galdós. Edición de Isabel Parreño y Juan Manuel Hernández. Madrid. Turner. Las referencias a las cartas proceden de esta edición.

Aunque existen referencias a una correspondencia entre los escritores previa a 1883, la primera carta que se conserva está fechada en abril de ese año. En ella la escritora responde a la que, hasta el momento, es la única conservada de Galdós hacia ella y en la que le agradece su adhesión a un homenaje. La relación parte de un mutuo reconocimiento y respeto. El respeto dará paso a una gran amistad que se transformará en pasión amorosa, viviendo su momento más intenso entre 1888 y 1889 y que podemos decir que culmina con el viaje que realizan juntos a Alemania. A partir de ahí se produce un distanciamiento propiciado por Galdós que alarga su estancia en Santander, aunque siguen manteniendo la relación en los mismos términos hasta 1891 en que nace la hija de Galdós y Lorenza Cobián. No obstante, la amistad continuará hasta la muerte del escritor canario y fructificará en la colaboración de varias adaptaciones teatrales. En los últimos años de Galdós, Pardo Bazán será una de las más activas en promover una estatua para el que ella consideraba el mejor escritor de su época.

Pero ¿qué nos revelan las cartas sobre la personalidad de una escritora tan audaz y tan difícil de encasillar? Emilia Pardo Bazán nació en A Coruña en 1851, única hija de don José Pardo Bazán y doña Amalia Rúa, una familia acomodada y culta que obtuvo título nobiliario en 1871 a través de la Santa Sede. Su padre, que fue diputado a Cortes en varias ocasiones, constituyó uno de los pilares fundamentales en la formación y en la vida de su hija. Educada sin las restricciones que la época imponía a las mujeres, Emilia fue una niña despierta, lectora voraz que nutrió su curiosidad en la gran biblioteca familiar o en las de los amigos de sus padres.

A las lecturas adolescentes de las novelas románticas de Dumas o Víctor Hugo le seguirán clásicos como Shakespeare, Cervantes, Plutarco o las fábulas de La Fontaine. De naturaleza inquieta y entusiasta, Emilia abordará la tarea de su formación intelectual con una vehemencia inusual para una mujer en el siglo XIX. Y aunque muchos de sus coetáneos juzgaron con extrañeza o irritación la voluntad de Emilia por superar todos los obstáculos académicos y sociales, lo cierto es que las palabras de su padre no dejaron nunca de resonar en sus oídos: “Mira hija mía, los hombres somos muy egoístas, y si te dicen alguna vez que hay cosas que pueden hacer los hombres y las mujeres no, di que es mentira, porque no puede haber dos morales para los dos sexos” (Pardo Bazán, 1914, s. p.).[3]

[4] Así lo contará la propia Pardo Bazán en la entrevista de El Caballero Audaz, “La Condesa de Pardo Bazán”, La Esfera, 14 de febrero de 1914, s.p.

Con dieciséis años se casa con José Quiroga, estudiante de Leyes de 19 años, y ambos se trasladan a Madrid, bajo el amparo de don José Pardo Bazán, que cumplía sus obligaciones políticas. De la misma forma viajarán por Europa donde el conocimiento de otras culturas avivará la vocación literaria de la joven Emilia. Los primeros cuadernos de viaje se llenan de referencias literarias, paisajísticas y agudas observaciones sociales. El interés por la filosofía o por los idiomas ampliará sustancialmente sus horizontes intelectuales y la acercará a autores como Heine, Goethe o Lord Byron a los que leyó en su lengua original.

También en el ámbito científico se manifestará su curiosidad y, a través de su amistad con Augusto González Linares, catedrático de biología en la Universidad de Santiago, indagará en el desarrollo del método científico cuyo deseo de vincularlo al arte tomará forma, años después, en el naturalismo literario de algunas de sus novelas.

Tras el nacimiento de sus tres hijos y la intensa dedicación de Emilia a su labor literaria, que José Quiroga no veía con buenos ojos, el matrimonio se separa en 1884 de mutuo acuerdo y con discreción, ya que el divorcio no estaba reconocido en España. A partir de este momento, con el apoyo inestimable de su madre y su tía Vicenta, ocupadas de las intendencias familiares, Pardo Bazán se dedica por entero a su trabajo como escritora, cronista y crítica literaria, decidida a ocupar un espacio en el universo literario de su época, un universo enteramente masculino que no se lo pondrá fácil.

Después de la publicación de “La cuestión palpitante” (1883), que la acredita como una de las principales difusoras del Naturalismo literario en España, y “La Tribuna” (1883), primera novela social española con protagonista femenina de clase obrera, llegará su consolidación como escritora con sus novelas más importantes: “Los Pazos de Ulloa” (1886) y “La madre naturaleza” (1887).

A partir de 1890, tras el fallecimiento de su padre, los escritos de Pardo Bazán tomarán un claro sesgo feminista. La escritora reclama a la sociedad la consideración de la mujer en sí misma, como ente autónomo y no en función de su relación con los demás como madre, esposa o hija. En este sentido, consideraba que los derechos que amparaban a un individuo en cualquier sociedad justa, no podían excluir de ningún modo a las mujeres: “Lo único que creo que se debe en justicia a la mujer es la desaparición de la incapacidad congénita con que la sociedad la hiere. Iguálense las condiciones y la libre evolución hará lo demás” (Pardo Bazán, 1892, p. 44).[3]

En 1892 fundará la “Biblioteca de la Mujer”, cuya finalidad era conseguir la paulatina sensibilización de las mujeres de su condición marginal en la sociedad para rebelarse contra ella. En dicha colección se publicarán títulos como “La esclavitud femenina” de John Stuart Mill o “La mujer ante el socialismo” de August Bebel. Y aunque cerrará la colección con un libro de cocina y evidente disgusto al no encontrar el seguimiento que esperaba, nunca abandonaría sus convicciones y su espíritu combativo.

También desde el “Nuevo Teatro Crítico”, la revista que había fundado y que escribía íntegramente, denunció las carencias formativas del sistema educativo español. Como gran amiga del filósofo krausista Francisco Giner de los Ríos, consideraba la educación como uno de los pilares básicos de la igualdad de oportunidades entre los individuos de una sociedad. Las diferencias en el acceso a la educación de las mujeres serán, a su juicio, la causa principal de la marginación femenina. Tampoco obvió temas como la hipocresía social de su época al considerar dos tipos de morales: una para los varones y otra para las mujeres; o el rechazo a la maternidad como la única misión del género femenino en la tierra: “Todas las mujeres conciben ideas, pero no todas conciben hijos. El ser humano no es un árbol frutal que solo se cultive por la cosecha” (Pardo Bazán, 1892, p. 74).[4] La violencia contra las mujeres fue otro de los temas al que dedicó numerosos ensayos y relatos breves, acuñando el término de ‘mujericidios’ para ese tipo de crímenes.

El ámbito académico le planteó otro frente de batalla a doña Emilia Pardo Bazán al denegar su solicitud de ingreso en la Real Academia Española, como algunos años antes había sucedido con Gertrudis Gómez de Avellaneda. Y como ella, a pesar de los sobrados méritos aportados, fue rechazada única y exclusivamente por su sexo:

Si a título de ambición personal no debo insistir en postular para la Academia, en nombre de mi sexo creo que hasta tengo el deber se sostener, en el terreno platónico y sin intrigas ni complots, la actitud legal de las mujeres que lo merezcan para sentarse en aquel sillón, mientras haya Academias en el mundo. (Pardo Bazán, 1891, pp. 64–65)[5]

A pesar de los sinsabores académicos, Pardo Bazán obtendrá en 1879 una cátedra en el Ateneo madrileño para impartir un curso sobre literatura contemporánea; en 1910 será nombrada consejera de la Instrucción Pública y en 1916 catedrática de Literatura Contemporánea y Lenguas neolatinas en la Universidad Central de Madrid.

En lo que se refiere a los aspectos de su vida más íntimos y privados, para desentrañar la urdimbre de sus relaciones personales, conviene tener en cuenta que para Pardo Bazán el arte y, en mayor medida, la literatura constituye una de las razones esenciales de su vida. La indagación artística, para ella, carece de los límites que tiene la sociedad; la hace libre. Cualquier tema, cualquier técnica o enfoque era válido para ahondar en el hecho artístico y observar la naturaleza humana. Estaba fuera de consideraciones morales; se sentía con absoluta independencia a la hora de escribir. De ahí que muchos de sus escritos se considerasen escandalosos en su época o no fuesen comprendidos. También que se la tachase de superficial y oportunista al sumarse a nuevas corrientes estéticas.

En el trato personal reconoce sentirse fascinada por el aspecto intelectual de las personas; le deslumbra el conocimiento de una mente brillante. Sin esa premisa era imposible que surgiese algo parecido a la pasión amorosa. En ese sentido se sintió atraída por diversos hombres a lo largo de su vida, como González Linares, catedrático universitario krausista; Juan Montalvo, escritor ecuatoriano que conoció en París, o Lázaro Galdiano, coleccionista de arte. Con todos ellos planteó una relación de igual a igual, aunque no todos acabasen en un vínculo sentimental.

Galdós, en cambio, puede considerarse el gran amor de Pardo Bazán. Le une a él una relación insustituible, un afecto que durará hasta su muerte. Un sentimiento que ella misma calificará como “un amor moderno, nervioso y hasta con sus ribetes idealistas” [carta 43: 27 de abril de 1889]. Galdós es su igual, un escritor, su compañero, su gran amigo, alguien al que admira y del que se siente correspondida, algo que ella considera muy importante debido a su “condición moral reverberante y no iniciadora”: “Para mí el amor es la comunicación de la dicha ajena; es el grupo visto en el espejo que me enloquece” [carta 40: 20 de abril de 1889].

Con Galdós establece ese vínculo intelectual y emocional que la satisface plenamente. Es muy interesante comprobar la permeabilidad de su relación con las obras escritas por ambos durante el periodo de relación más intenso (“Tristana”, “Realidad”); cómo ella firma las cartas con nombres de personajes de Galdós o incluso se puede rastrear el uso de algunas expresiones o el tono de diálogos entre personajes presentes en las misivas.

Teniendo en cuenta estas consideraciones no resulta extraño que Emilia Pardo Bazán vincule directamente el sentimiento amoroso con su labor creadora: “Nada eleva el espíritu como el amor: estoy convencida de que de él nacen no sólo las bellas acciones, como opina Dante, sino el fuego artístico” [carta 51: 28 de septiembre de 1889]. Esta idea del amor la situaba por encima de consideraciones morales. No hay que olvidar que ella era una mujer casada a ojos de la sociedad y Galdós, un soltero empedernido, celoso de su intimidad. La relación no podía plantearse en otros términos más que en los de la clandestinidad. Pero Emilia consideraba que existía una especie de “absolución” moral que venía de la propia calidad del sentimiento amoroso:

Siento al recibir cartas como la de hoy esa misma “alegría triste” de que tú hablas. Pero acaso esta misma tristeza es sana y fortalecedora. En tan extraña situación como la nuestra, un regocijo brutal o una tosca indiferencia probaría que éramos un par de almas de cántaro; y ciertamente que no lo somos. Sólo tú y yo podemos comprender hasta qué punto es disculpable y hasta loable este modo de sentir nuestro: la absolución por consiguiente tiene que venir de nosotros mismos, pues el público no es capaz de entender en qué consiste el bulo de que disfrutamos. [carta 43: 27 de abril de 1889]

En otro momento, ante lo que suponemos, los interrogantes sobre su situación expresados por Galdós, ella le escribe: “Construyamos así, con la libertad del arte, la situación que la sociedad podría darnos hecha y que tendríamos que soportar entonces” [carta 39: 13 de abril de 1889]. En ese mismo sentido y en otra carta, después del viaje a Alemania juntos, una Emilia exultante parece no sólo no sentir ningún tipo de escrúpulos, sino que reafirma su completa felicidad al margen de esas supuestas normas morales que imponía la sociedad:

Hemos realizado un sueño, miquiño adorado: un sueño bonito, un sueño fantástico que a los 30 años yo no creía posible. Le hemos hecho la mamola al mundo necio, que prohíbe estas cosas; a Moisés que las prohíbe también, con igual éxito; a la realidad, que nos encadena; a la vida que huye; a los angelitos del cielo, que se creen los únicos felices, porque están en el Empíreo con cara de bobos tocando el violín… Felices nosotros. [carta 51: 28 de septiembre de 1889]

Para Pardo Bazán, Galdós es el compañero, el cómplice y por el que siente también una apasionada atracción erótica. En las cartas la escritora se muestra como una mujer apasionada, sincera y sexualmente activa. Algo que trasgredía el código romántico imperante que presentaba a la mujer como un sujeto pasivo, ángel del hogar supeditada a la voluntad masculina. En una carta posterior al mencionado viaje a Alemania:

Imposible parece que después de lo muchísimo que charlamos ya en los fementidos y angostos lechos germánicos, ya en los lujosos vagones, al amparo de los feld-mariscales que nos abrían la portezuela y nos llamaban príncipes, quede todavía una comezón tan grande de charlar más y un deseo tal de verte otra vez en cualquier misterioso asilo, apretaditos el uno contra el otro, embozados en tu capa o en la mía los dos a la vez, o tumbados en el impuro lecho, que nuestra amistad tiernísima hace puro en tantas ocasiones. Sí, yo me acuesto contigo y me acostaré siempre, y si es para algo execrable, bien, muy bien, sabe a gloria, y si no, también muy bien, siempre será una felicidad inmensa, que contigo y sólo contigo se puede saborear, porque tienes la gracia del mundo y me gustas más que ningún libro. [carta 52: 5 de octubre 1889]

Emilia Pardo Bazán contempla la vida de manera amplia, sin prejuicios, a la vez que se muestra comprensiva con las debilidades humanas. Ambos eran conscientes de que nada los ataba. Acepta con indulgencia los escarceos de Galdós, incluso bromea con ellos, porque para ella su relación estaba por encima de esas contingencias. Aunque también ironiza sobre la doble moral que exigía de manera diferente al hombre y a la mujer:

Tiene gracia eso de que van a poner sitio al alcázar de tu honestidad. A otro perro con ese hueso. Ya habrás tú abierto un portillito para que entren las fuerzas sitiadoras; que si no… Pero ahí tienes tú lo que sois los hombres. Os parece más ridícula que ninguna la situación de José y, sin embargo, queréis que nosotras seamos unas estatuas de piedra berroqueña, insensibles a las influencias del medio ambiente, la noche y la ocasión. ¡Ah, pícaros! Conste que deseo saber cuándo y cómo te seducen, para tener un berrinche expiatorio. [carta 39: 13 de abril de 1889]

Y de la misma manera se absuelve a sí misma de su ‘aventura’ mediterránea con Lázaro Galdiano, culpando a un momentáneo deslumbramiento de los sentidos, a pesar de que lamente haberle causado pesadumbre a Galdós:

No me acuses de mala cristiana a causa de la ofensa de la fiesta de Corpus. ¡Vaya una fiesta para convidar a la devoción! A alegría profana es a lo que convida. Con un clima meridional, un cielo de terciopelo azul, un mar digno de Nápoles y una lluvia de flores, de ginesta de embriagador aroma que caen de todos los balcones e inundan el suelo; y para más, la temperatura y la atmósfera, recordando aquellos versos de Musset: “Poeta toma tu laúd. El vino de la juventud fermenta esta noche en las venas de Dios”. [carta 40: 20 de abril de 1889]

También quisiera destacar que, si en muchas cartas Emilia Pardo Bazán se deja ‘arrastrar’ por cierto romanticismo, propio de la intensidad del momento, ella misma bromea sobre ese aspecto, que considera como un juego erótico, y no duda en romper el encanto:

¿Te acuerdas de aquella tardecilla en que sin malicia fuimos tan dichosos? Aquella tarde puede titularse “los extasiados sin éxtasis”, no tiene más defecto el título que parecerse a la receta del “trufado sin trufas”. No, formal: yo estuve en la gloria aquella tarde, y las demás también. [carta 43: 27 de abril de 1889]

En otros momentos, ante las quejas de su amante por una supuesta frialdad, le plantea su necesidad de seguir trabajando. Mantiene claramente sus objetivos de ser independiente, sin subordinarlos a nada:

Y voy a decirte algo sobre esta especie de pasividad que notas en mí y que se parece (sin serlo) a indiferencia ante estas situaciones tan graves […].

Por otra parte, necesito un poco de serenidad, para trabajar sin desaliento. Me he propuesto vivir exclusivamente de mi trabajo literario, sin recibir nada de mis padres, puesto que, si me emancipo en cierto modo de la tutela paterna, debo justificar mi emancipación no siendo en nada dependiente, y este propósito, del todo varonil, reclama en mí fuerza y tranquilidad. [carta 39: 13 de abril de 1889]

Una independencia que no está dispuesta a ceder ni cuando su emancipación económica esté en dificultades. Ante lo que se puede suponer una oferta de ayuda económica por parte de Galdós, Emilia responde con afectuosa firmeza:

Respecto a mi emancipación, yo creo que te hablé de eso; no sé si despacio, pero de que te hablé estoy segura. ¿Qué hubieras podido hacer tú en ello, vida mía? Nada. Aprobar mi opinión y se acabó […]. En suma: he de ser yo misma quien me emancipe, y malo será que con un poco de constancia no logre ganar lo suficiente para vivir, con el decoro al que estoy habituada, el tiempo que no esté con mis padres. [carta 40: 20 de abril de 1889]

Como demuestra la lectura del epistolario, el trato de los dos escritores va más allá del vínculo amoroso, pero es en las palabras cruzadas durante ese breve periodo de tiempo donde el temperamento de Emilia brilla con una determinación admirable. Se trata, sin duda, de dos personalidades muy diferentes, las de Pardo Bazán y Galdós, dispuestas a mantener sus propios criterios y su porción de irrenunciable independencia.

En diciembre de 1893, cuando la amistad parece enfriarse definitivamente, doña Emilia le escribe a Galdós una conmovedora confesión. Cansada de la vida social, no se resigna a perder algo tan valioso como su compañía y, aunque los años la han vuelto precavida, reconoce que necesita esa “íntima comunicación” del espíritu para su equilibrio moral:

No puedo aislar, tratándose de usted, las dos mitades de nuestro ser humano: hay una identificación extraña del cariño anterior a nuestra amistad íntima, de esa amistad, y de la nostalgia que siempre me produjo y me producirá su falta, y al enlace de estos sentimientos no puedo darle nombre, porque usted no ignora que el idioma es pobrísimo para expresar los matices ricos y variados del afecto.

Más adelante concluye:

Yo no me creo indispensable; nuestro carácter es distinto; usted se basta, por ser naturalmente reservado y porque gustó de la soledad antes que se la hiciesen grata las mil decepciones de este pícaro métier: sea como sea, yo… le quiero mucho. [carta 85: 3 de diciembre de 1893]

Notas

[1] Pardo Bazán, E. (2020). Miquiño mío. Cartas a Galdós. Edición de Isabel Parreño y Juan Manuel Hernández. Turner. Las referencias a las cartas proceden de esta edición.

[2] Así lo contará la propia Pardo Bazán en la entrevista de El Caballero Audaz, “La Condesa de Pardo Bazán”, La Esfera, 14 de febrero de 1914, s. p.

[3] Pardo Bazán, E. (1892). La educación del hombre y la de la mujer. Nuevo Teatro Crítico. Año II, 22, p. 44.

[4] Pardo Bazán, E. (1892). La educación del hombre y la de la mujer. Nuevo Teatro Crítico. Año II, 22, p. 74.

[5] Pardo Bazán, E. (1891), pp. 64-65. Se trata de la carta a Rafael Altamira, Secretario del Museo Pedagógico, en la que explica los pormenores de su solicitud.

Sobre la autora

Isabel Parreño Pena es licenciada en Filología Hispánica y profesora de Literatura. Ha coeditado “Miquiño mío. Cartas a Galdós” de Emilia Pardo Bazán y es autora, entre otros volúmenes, de “El Madrid de Pardo Bazán” (2021), y “El Último refugio” (2025), un recorrido por las habitaciones propias de varias escritoras como V. Woolf, A. Ajmátova, K. Blixen y Emilia Pardo Bazán.

Materialien: